martes, 25 de agosto de 2009

MODULO V METODOS DE EVALUACION

Métodos de Evaluación

Por
Dr. Humberto Zurita Añez

Introducción

Las evaluaciones son el mecanismo primario de retroalimentación en el proceso educativo. Permiten a los estudiantes saber cómo están satisfaciendo las expectativas, a los profesores cómo están aprendiendo los estudiantes y a los administradores la eficacia de sus programas. Esta retroalimentación, por otra parte, estimula cambios, mejoras y promueve el aprendizaje continuo.

Pero también la evaluación es uno de los campos más controvertidos y polémicos dentro de la educación. Entre las distintas cuestiones que se abordan en el campo de la didáctica, algunas dimensiones tales como el contenido y el método han sido centrales en los debates, mientras que otras, como el currículo, las estrategias o la evaluación, no tuvieron ese rango de centralidad. Sin embargo, el problema de la evaluación, ha ido adquiriendo cada vez mayor importancia, y muchas veces como resultado de una “patología”: muchas prácticas se fueron estructurando en función de la evaluación, transformándose ésta en el estímulo más importante para el aprendizaje. De esta manera, el docente comenzó a enseñar aquello que iba a evaluar y los estudiantes aprendían porque el tema formaba parte de las evaluaciones.

En las prácticas de enseñanza, la actitud evaluadora invierte el interés: se estudia para aprobar y no para aprender (Esc. tradicional). Es el mismo profesor que, cuando enseña un tema central o importante, destaca la importancia del mismo diciendo que será evaluado. Sin embargo, la importancia sesgada que ahora predomina en la evaluación se puede modificar si los docentes entienden la evaluación como un proceso que genera información respecto de la calidad de la enseñanza que imparten.


Importancia de la evaluación

Si bien en la actualidad, el concepto, los métodos y los instrumentos de evaluación están en permanente revisión, la importancia fundamental de la evaluación radica en que es un proceso mediante el cual es posible mejorar la calidad de la enseñanza que imparten los docentes y profesionales de la conservación, y por lo tanto, contribuir a mejorar el aprendizaje de los estudiantes. La importancia de un proceso de evaluación bien llevado, se manifiesta a través de:

El entusiasmo que provoca, en profesores y estudiantes, una reflexión sistemática y colegiada sobre como evoluciona el proceso de enseñanza - aprendizaje.
Una mejor planificación de los contenidos y mayores expectativas de rendimiento si a través de una acertada evaluación inicial podemos reconocer los conocimientos previos que posee el estudiante, porque esto será determinante para lograr la adquisición de nuevos conocimientos.
Proporciona al docente un abanico de alternativas de evaluación que puede adaptarlas o innovarlas a una diversidad de contextos biológico-ambientales.
Crea una cultura de participación y colaboración.


Características del proceso evaluativo
Evolución del concepto de evaluación
El concepto de evaluación se ha ido modificando en consonancia con el enfoque de educación predominante. Es así como, desde una evaluación centrada en el acto de enjuiciar y medir el valor de las cosas, ha ido evolucionando hacia una evaluación que pretende analizar e interpretar la calidad de determinados “objetos educativos”.

La evaluación es un juicio en cuanto a la calidad o al valor de algo, y en educación, es un instrumento que se emplea para describir el desempeño del estudiante y/o del docente, la calidad de la instrucción y la cantidad de conocimiento asimilado, y para ello se basa en múltiples fuentes de información.
La evaluación educacional ha estado ligada tradicionalmente al desarrollo de exámenes o pruebas (Ahumada, 1983), es decir, su razón de ser se ha definido en función de instrumentos o técnicas. También se la usa a menudo, como un instrumento de dominación, cuando en realidad hay que hacer de ella un proceso de diálogo, comprensión y mejora de la práctica educativa.

La “evaluación como juicio” predominó durante varios siglos y recién a fines del siglo XIX fue paulatinamente reemplazada por la concepción de una “evaluación como medición”, que rápidamente fue ganando espacios y generando entonces una visión cuantificadora del proceso educativo. En la década del 30 del siglo recién pasado, R. Tyler inicia un movimiento de la evaluación en función del “logro de determinados objetivos formulados con antelación”. Este modelo produce un cambio importante en la concepción de la evaluación, pero siempre apuntando a “los resultados” del proceso de aprendizaje. Las diferentes acepciones que lo homologaron en el tiempo con juicio, medición y logro, condujeron a que los destinatarios directos (profesores y alumnos), lo asociaran con actos didácticos aparentemente muy limitados y discutibles. En la década del 70, D. Stufflebeam propicia una concepción administrativa entendiéndose como “un proceso de recolección de información útil que permite facilitar la toma de decisiones”. Esta última concepción fue modificándose lentamente a través del tiempo y hoy en día se tiende a aceptar una concepción ecléctica (Ahumada, 2003) que podría resumirse así: “el proceso que permite delinear, obtener, procesar y proveer información válida, confiable y oportuna para juzgar el mérito o valía (o valor) de programas, procedimientos y productos con el fin de tomar decisiones”.


Independientemente de cómo se haga, la evaluación desempeña una serie de funciones

La evaluación como diagnóstico permite saber, entre otras cosas, cuál es el estado cognoscitivo y actitudinal de los alumnos, lo cual permitirá ajustar la acción a las características de los alumnos y a la situación. Esta radiografía facilitará el aprendizaje significativo y relevante de los alumnos, ya que parte de los conocimientos previos y de las actitudes y expectativas de los alumnos.
La evaluación como selección permite al sistema educativo seleccionar a los estudiantes, porque, mediante una gama de calificaciones, la escuela va clasificando a los alumnos.
La evaluación también tiene una función de jerarquización: la capacidad de decidir qué es evaluable, cómo ha de ser evaluado y qué es lo que tiene éxito en la evaluación, confiere un poder al profesor porque opera como un mecanismo de control que se ejerce a través del poder de las actas, de la capacidad de aprobar y suspender.
La evaluación también es comunicación, porque el profesor se relaciona con el alumno a través del método, de la experiencia compartida y de la evaluación y esta comunicación tiene repercusiones psicológicas para el alumno y para el profesor.
La evaluación como formación ocurre cuando la evaluación está al servicio de la comprensión, en conocer cómo se ha realizado el aprendizaje y desde esta perspectiva se puede derivar una toma de decisiones racional y beneficiosa para el proceso de aprendizaje. La evaluación formativa se realiza durante el proceso y permite la retroalimentación de la práctica.

La enumeración de algunas de las funciones de la evaluación nos permite conocer la complejidad del proceso. Algunas sugerencias para cambiar positivamente la práctica evaluadora son:

a) Poner en tela de juicio la forma de evaluar. Si no se produce la interrogación, no habrá proceso de cambio a profundidad. Hay que cuestionarse qué es lo evaluado, por qué se evalúa así, con qué criterios se realiza la evaluación, cómo se utiliza para mejorar la práctica y qué otras formas de evaluar existen.

b) Investigar sobre los procesos de evaluación. La investigación del profesor sobre su práctica, nacida de las preguntas que se han formulado, permite descubrir las claves de su actuación, y así, podrá introducir cambios en su discurso educativo, en sus actitudes y en las formas de realizar la evaluación.

c) Desarrollar un diálogo profesional. La evaluación no es un fenómeno que se agote en el marco de una disciplina o de un aula. La evaluación horizontal que se produce entre los profesores integrantes de un curso exige un auténtico intercambio de criterios y experiencias. La evaluación vertical requiere una coordinación entre los profesores responsables de la misma disciplina en cursos o niveles distintos.

d) Promover la participación de los alumnos en la evaluación. Los alumnos pueden participar en el proceso de evaluación en diferentes momentos y aspectos. Uno de ellos es el de las decisiones que se toman para determinar el modo en que se ha de realizar la evaluación; otro es la autoevaluación y un tercero es la intervención en el conocimiento y reelaboración de los criterios para la valoración de sus trabajos. De ese conocimiento surgirá un aprendizaje que derivará en otras modalidades de aprendizaje que le facilitará la consecución de éxitos posteriores.

La evaluación en un curso

Hay dos componentes fundamentales a los que se puede apuntar en la evaluación:

El aprendizaje alcanzado por los estudiantes
Respecto al aprendizaje alcanzado por los estudiantes usted puede evaluar:

Nivel de conocimiento antes y después de una lección o actividad.
Comprensión de conceptos.
Desarrollo en el pensamiento crítico.
Destreza para la resolución de problemas.

Las estrategias de enseñanza aplicadas por el docente
Respecto a las estrategias de enseñanza aplicadas, se pueden evaluar:

Contenidos cubiertos considerando porcentajes, tiempos, etc.
Calidad de la instrucción, que incluye la claridad de la presentación, el cumplimiento de objetivos, la capacidad de involucrar a los estudiantes en la discusión y en la generación de respuestas, entre otras.
Esfuerzo requerido: tiempo de preparación y calificación.

Dificultades de la evaluación

No es fácil poner en marcha los procesos de mejora, porque existen dificultades arraigadas en la práctica profesional y en el contexto (Santos Guerra, 2000), como son:
- La escasez de tiempo, ya que una mejora académica en general, y de la evaluación en particular, requiere una gran inversión de tiempo.
- La falta de motivación, puesto que un mejor proceso de evaluación, plantea que el profesor dedique tiempo y vocación, lo que normalmente no es reconocido ni acreditado.
- Individualismo profesional, porque la mayor parte de los profesores han recibido una formación, han tenido un desarrollo profesional y perfeccionamiento, casi siempre asentados en el individualismo.
- La rutina institucional, porque evaluar tradicionalmente, sin preguntarse qué repercusiones tiene hacerlo de ese modo, qué ventajas tendría hacerlo de otra forma, es un riesgo convertido en realidad cotidiana.
- Carencia de ayuda, porque para realizar un trabajo asentado en la reflexión rigurosa y sistemática de la práctica, en la comunicación con otros profesionales y en el diálogo compartido con los alumnos, hace falta contar con ayudas institucionales que sean sistemáticas y generosas, apoyar la investigación, disponer de medios, contar con tiempos y disponer de canales para la difusión de los trabajos, etcétera.

Conocer las dificultades es un modo de superarlas. De hecho, con la misma complejidad de la evaluación, con el mismo sistema educativo, con la misma sociedad preocupada obsesivamente por los logros más superficiales, con la misma escasez de medios, nos podemos encontrar dos profesores completamente distintos, separados por el espesor de un delgado tabique de mampostería. Uno trabaja con ilusión y empeño por mejorar la evaluación. Otro arrastra la rutina pacientemente.